LUGARES PARA SOÑAR

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cerrar lo ojos y sentir

miércoles, 11 de agosto de 2010

LA VIDA QUE NOS ESPERA

Una de las preguntas que nos hacemos muchos a lo largo de nuestras vidas es esa, ¿cuál es la vida que nos espera? La respuesta, siempre difícil, lo sería menos si nosotros tuviésemos la capacidad de prever todo cuanto puede suceder; pero además también si fuésemos seres invariables, y no, no lo somos.

Nuestra vida se establece en el continuo espacio tiempo donde nosotros variamos nuestros afectos, nuestras ilusiones, nuestros anhelos… en función de nuestro estado mental, del momento del día, de la época de nuestra vida…. Así las cosas convendría preguntarse si reflexionar sobre la vida que nos espera tiene sentido cuando difícilmente somos capaces de saber que haremos justo al día siguiente.

Pese a todo, lo hacemos, y sucede así porque necesitamos tener referencias, puntos a los que acudir cuando nos perdemos. Somos seres fuertes, capaces de racionalizar todo, de darle sentido a todos los sucesos de la vida; a la vez esta propiedad nos hace vulnerables, nos infunde un respeto atávico por lo desconocido, por lo que no controlamos. Por eso la vida que nos espera nos preocupa tanto.

La vida que me espera confío en que sea al menos divertida, que tenga tristeza, pues sólo superando una pena te descubres a ti mismo saboreando la alegría. Me gustaría mucho que en ella habitasen nuevos seres, capaces de hacer temblar todos mis esquemas con su mera aparición. Y no, no me refiero a seres de otro mundo, esos no me preocupan.

En medio de la crisis más grande que está conociendo esta, nuestra sociedad occidental, me atrevería a decir que el futuro se presenta tan impresionante que perdérselo sería imperdonable. La vida que nos espera aportará tantas cosas a nuestra vida social e individual que, a duras penas, seremos capaces de asimilarlas. Entonces, cómo no quedarse a verlo.

EL TURISMO QUE TENEMOS

Cada año llegan a nuestro país miles y miles de turistas, personas de diferentes países y culturas que, con su dinero, contribuyen a mejorar mucho la economía de nuestro país.

Desde siempre hemos sido un lugar de ocio escogido por muchos ciudadanos del mundo para pasar sus vacaciones. En los años sesenta fueron los nórdicos los que inundaron nuestras costas en busca de sol y playa. De aguas cálidas y temperaturas aceptables para estar mucho tiempo tendidos bajo el astro rey.

En los setenta, ochenta y noventa nuestro país le disputó a Francia el primer puesto del mundo como destino mundial de turismo; eran tiempos en los que nuestras localidades se inundaban de mareas de asiáticos y sus cámaras, de anglosajones con sandalias y calcetines… las arcas del estado crecían.

De un tiempo a esta parte, y con la crisis mundial en todo el mundo, el turismo bajó de manera notable, sobre todo el turismo de calidad. Ahora competimos con Grecia por atraer a nuestro país a descerebrados que buscan fiestas y alcohol. Turismo de cuatro días, donde el cliente sólo viaja en avión, bebe, fuma, se coloca y regresa a su país. Apenas consume en los restaurantes, apenas se interesan por el legado cultural que nuestro país tiene; se divierten reventando habitaciones de hotel, jugándose la vida en locuras desde balcones de sus habitaciones, etc.

Sería bueno que el sector se replantease la situación y decidiese que tipo de turismo queremos atraer a nuestro país. Con eso también estableceremos el tipo de Estado que queremos para los próximos decenios. No es cuestión baladí, se trata de definir a España como un lugar donde visitar, por encima de todo, un país lleno de cultura, de tradiciones milenarias, de edificios singulares (muchos de ellos patrimonio de la humanidad), etc. O bien queremos que España se conozca en las agencias de viajes internacionales como destino de drogas, alcohol y sexo.

Son muchos los ciudadanos europeos, sobre todos menores de treinta años, que no conocen nada de ninguna tradición cultural de España, y sin embargo saben que en lugares como Ibiza, Mallorca, la Costa Andaluza, etc.; pueden venir, emborracharse por poco dinero y regresar en el siguiente avión.

Qué país queremos, cómo queremos promocionar nuestro país. Sería una pena que después de cuarenta años de la explosión del turismo en España, fuésemos decayendo hasta perecer ahogados en los litros de alcohol que se consumen cada año. Como ciudadano apostaría por promocionar la cultura y ser inflexibles con las conductas inapropiadas de los veinteañeros europeos que, literalmente, se orinan sobre todos nosotros.

lunes, 9 de agosto de 2010

EL AMOR DE MI VIDA 1

Me has mirado desde el quicio de la puerta, casi sin atreverte a entrar, por miedo a despertarme pero con la curiosidad de quien descubre cada día un motivo más para llegar al siguiente.

Por la noche, cuando eras tú quien dormía, me asomé yo a tu habitación, para poder observarte, con tus manos en posiciones imposibles, tu pelo enmarañado y las orejas del conejo sobresaliendo entre las sábanas.

Antes, por la tarde, en la playa, la risa por tu cara cuando te sepulté el cuerpo en con arena, tu manera de decir las cosas, la manera que tienes de mirar a quienes me rodean… ¿cómo no quererte?

Lo haces todo tan sencillo, que ahora, cuando te has quedado lejos de mí, te añoro. El tiempo de tu inocencia es breve, por ello debo disfrutar cada instante de ti. Más tarde, cuando la inocencia vaya dejando paso al conocimiento, serán otras las cosas que compartiré contigo. Entonces tú me exigirás más y yo…yo me contentaré con tenerte cerca.

Continuará…

CONTIGO SEGUIRÉ HACIENDO CAMINO

El verdadero camino no es el de Santiago sino aquel que iniciamos un día en nuestras vidas, cuando somos por fin conscientes de que todo principio tiene un final.

A unos ese conocimiento, esa certeza, les llega a una tierna edad, a otros cuando las huellas de la edad ya van surcando su piel avisándole de la necesidad de tomar ya un atajo.

Creo haber sido consciente de la dirección de mi camino desde siempre, he tenido más o menos claro dónde quería que me llevase, en qué condiciones, etc. No sabía ni el cómo, ni el cuándo, ni el con quién. Por ello me pasé gran parte de mi existencia dando continuos golpes al timón de mi vida. En ocasiones han sido tan intensos que la zozobra se vislumbraba entre las astillas que saltaban tras cada roce con el fondo. Los bajíos de la vida son tan peligrosos como los que jalonan la Costa da Morte desde Vilán a Fisterra.

Ha habido momentos en que, varado en mitad de la nada, no sabía muy bien qué hacer, a dónde asirme, qué decisión tomar. Y en estas, un polizón se introdujo en mi nave. Y así, sin esperarlo, me encontré al gobierno de una nave en la que ya no había un solo timonel y viajero; sino un grumete que apunta maneras y que está llamado a gobernar el barco en un tiempo no muy lejano. Eso sí, será entonces su propia nave.

Así, incapaz de dar con el rumbo correcto, metiéndome en todas las tempestades que encontré a mi paso, haciendo peligrar la viabilidad de la empresa y haciendo aflorar en mí rasgos que no conocía, fue cómo un buen día acudí al puerto que me ofreciste.

No sin dudas, pues al abrigo de esa ensenada corría el riesgo yo, de quedarme encallado sin posibilidad, ni deseo, de salir. Al cabo del tiempo me presté para la aproximación, asomando decidido mi barco sabiendo que sería el lugar donde arriar velas y poner en venta el paquebote.

Un breve encuentro fue suficiente como para descubrir que allí, en aquel puerto comercial, estaba mi parada y fonda. No fue mucho el tiempo que tuve, pero el suficiente para percibir que la continuación de mi camino sería contigo a mi lado.

Asomándome de nuevo al mar, en aquella hermosa playa de arena fina, donde el mar se muestra poderoso; en aquel preciso instante en que mis labios rozaron los tuyos sentí que no daría un paso más sin contar contigo como compañía.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Y ME SENTARÉ FRENTE A TI

Y trataré de ver en tus ojos otra realidad de la vida, la tuya. Quiero darte la oportunidad de que me muestres el mundo que ven tus ojos, que me digas cómo fueron las cosas, como las viviste, cómo las sufriste.

Durante mucho tiempo me he creído en posesión de la verdad, con la certeza de que no había más realidad que la mía, con la osadía de creerme tenedor de la verdad inmaculada. Ahora, con la perspectiva del tiempo y de los años debo asumir que quizá me haya equivocado, que tal vez debería darte la oportunidad de mostrarme esa otra parte que no conozco.

Los prejuicios morales se nos agarran como garrapatas cuando somos nosotros los que juzgamos a otros. Es inherente al ser humano el creerse capaz de sojuzgar a otro desde un punto objetivo, cuando en realidad son nuestro propios tabúes, nuestras propias taras, las que modificarán nuestro criterio según nos convenga, no sea que un juicio objetivo rompa la subjetividad que deseamos plasmar.

Me he alejado muchas veces y otras, cuando creía que me estaba acercando, en realidad lo que hacía era huir; huir de mi mismo, de la incapacidad manifiesta que tenemos para afrontar lo que nos hace daño. Cada uno tenemos en nuestro interior un faro que nos hace mantenernos a la distancia necesaria como para no estrellarnos contra nuestros propios recuerdos. La realidad casi nunca es tan agradable como la, otra realidad, que establecemos en nuestra memoria.

Así pues aquí estoy, dispuesto a humillarme si fuera necesario, a reconocer que me he equivocado, a escuchar lo que tengas que decirme; y lo hago con la tranquilidad que me da el saber que cuando lo hagas habré saldado una cuenta pendiente conmigo mismo y también contigo.
Tan sólo lamento el haber llegado tarde a este preciso instante y no poder escucharte; Hace tiempo que el autobús de la vida sobrepasó tu parada. Ahora tan sólo puedo hilvanar con hilos que no existen los recuerdos que otros tienen.

LAS OTRAS VÍCTIMAS DE LAS GUERRAS

El hombre ha dirimido sus disputas casi siempre por la fuerza de las armas; la diplomacia no es más que el arte de contar las mentiras justas para evitar una contienda irremediable, casi siempre, al cabo del tiempo. Por ello no hemos dejado tiempo en nuestra dilatada estancia en el mundo sin que entablásemos una batalla u otra.

Cuando los vikingos llegaron a América se enfrentaron a los lugareños, cuando los españoles llegamos a América latina nos esforzamos en pelearnos con los mayas, los incas, los aztecas y todo aquello que se pusiese delante; no sin recordar que entre ellos hacían lo mismo mucho antes de nuestra llegada y sometiendo siempre al de al lado por la fuerza.

El fondo de las guerras no ha cambiado, siempre ha sido por intereses económicos, bien por la conquista de territorios que aportarían incentivos a la economía del país agresor o bien porque se establecen dentro de una nación los lobbies necesarios para comprar las voluntades precisas para iniciar una contienda en algún punto del planeta, cuando no instigar otras.

La cuestión es que siempre que hay una guerra se generan víctimas, personas que sufren el impacto directo de la brutalidad y la ausencia de valores que caracterizan una batalla, sobre todo hoy día.

De los muertos, de los heridos, de los daños colaterales, de todo esto ya se ha escrito mucho, se ha hablado incluso demasiado. Mas son pocos los que dirigen su mirada a las otras víctimas. ¿quiénes son estos? Pues aquellos miembros de las fuerzas armadas de países que van a dichas guerras como víctimas de los acuerdos internacionales que tienen suscritos sus respectivos países.

Quienes van a una guerra sin conocer siquiera el país, quienes luchan sin saber muy bien por qué, quienes regresan a sus casas y son olvidados y ninguneados por los suyos porque han estado en un lugar que nadie les ha pedido realizando una labor penosa.

Me imagino siendo el soldado que regresa a casa en un país como Canadá, de una guerra en Irák, donde mi país ha ido porque al vecino de abajo se le metió en la cabeza hacerse con el control del petróleo por si no había reservas suficientes para él. Y al volver me preguntan a qué he ido, por qué he matado a personas que lo único que defendían era su país de la agresión de un ejército de ocupación que no había llegado allí para cambiar nada, sino para apoderarse de todo. Y mi respuesta como soldado no puede ser muy consistente, debo decir que he cumplido con mi deber como militar. Y se me antoja que no me he hecho militar para matar a personas inocentes.

Alguien podrá decir que los militares disparan contra quien les arremete, y puedo entender que alguno lo crea así, pero... si en España entrasen los marroquíes por la fuerza, derrocasen al gobierno y nos impusiesen su manera de vivir...¿no nos defenderíamos contra el agresor? Claro que lo haríamos, como ya lo hicimos desde el 714 hasta 1492. Y cuando un civil dispara contra el militar que ocupa su país ¿quién es el agresor?¿quién el agredido?

Mi opinión es que siempre es el civil el agredido, puesto que es quien sufre la invasión.
Esos soldados, que llegan a casa creyéndose héroes se convierten en piltrafas humanas cuando sus mentes se libran de la música a toda leche que les meten por los cascos, cuando el estrés de la batalla no está presente y recuerdan el por qué de las cosas.

Pero hay otras víctimas, como son los voluntarios de las ONGs que se dedican a ayudar como pueden a los que sufren las batallas, éstos, cuando regresan, no vuelven a ser los mismos, muchos no podrán dormir jamás sin somníferos porque en sus retinas tendrán para siempre los cuerpos mutilados, la ausencia de todo, la falta de lo imprescindible, sí, ellos también son víctimas. En este caso con una contradicción mucho mayor, pues ellos sí son conscientes de que son los mismos que ayudan los que agreden. El que es atacado por un destacamento americano y herido, no entiende que sea una ONG americana quien luego vaya a darle consuelo. Es de un absurdo total.

Para concluir, aunque habría muchas más víctimas, estamos los ciudadanos. En un momento de crisis absoluta, donde casi nadie está sobrado de nada y cada día el dato es peor que el anterior se nos antoja complicado entender que una guerra como la de Irak, cueste por día lo mismo que el PIB de la gran mayoría de los países del mundo. Uno puede aceptar casi cualquier cosa en política, pero yo si fuese belga, por ejemplo, no entendería tener problemas económicos y en mi país y que la guerra de Afganistán me cueste 270 millones de euros al año. Porque con ese dinero se haría...

domingo, 1 de agosto de 2010

QUIERO DECIRTE UNA COSA

Durante muchos años he pensado en este momento, este preciso instante, el momento exacto en el que me sentaría delante de ti y te contaría, te diría todo lo que siento.

Al principio, cuando pasó lo tuyo, lo cierto es que me sentí confundido, no entendía que pasaba; no alcanzaba a comprender cómo una enfermedad podía alejarte de mí. A fuerza de no comprenderlo llegué a enfadarme demasiado contigo. Pero… al poco tiempo estaba feliz con mis amigos de Narón.

Cuando regresaste a casa todo fue distinto, no eras la misma persona, o quizá yo tampoco lo era. El caso es que en pocos días descubrí que lo que te había pasado había transformado tu personalidad por completo; a la par que te alejaba de mí de una manera casi definitiva. Guardo vívido aquella noche durmiendo en la cocina, en un colchón que un vecino nos dejó. Y tú mientras, enrocado en tu postura. Yo, arrebujado contra ella, tan sólo podía sollozar, lamentar la situación y finalmente dormir.

Al día siguiente me fui a vivir a la otra casa, a pocos metros de la tuya, pero para mí era un mundo. Comencé una nueva vida en la que me faltaba de casi todo, pero en la que gozaba de una libertad individual que casi no conocía, bien es cierto que los años también pasaban.

Desde entonces, y por un período de tiempo breve, no más de dos años; nuestros encuentros se limitaban a que te acompañase en aquel estado lamentable desde la casa donde yo vivía hasta la tuya. Ella, no podía ayudarte; pues de lo contrario habrías hecho o dicho cualquier barbaridad. Así que me tocaba a mí, a la hora que te daba la gana, cuando el alcohol hacía de ti una persona aún más difícil de entender, si cabe.

Los años pasaron y comencé a comprender qué era lo que te había pasado, por qué habías llegado a apartarla de tu vida, cuando ella permaneció a tu lado tres penosos meses en los que no sabían si continuarías aquí o te irías a criar malvas. También comencé a escuchar otras cosas de ti, descubrí que entre tus aficiones estaba la de agredir física y mentalmente a la misma persona. Tu modo de vivir era ser un candil en casa y un farol en la calle, de manera que los de fuera viesen lo buena persona que eras, mientras que los que vivíamos contigo, nos contentábamos con poder hablar sin ser humillados.

Y llegó el momento de tu muerte, un momento que celebré con júbilo, a pesar de que te perdía para siempre. Era demasiado joven para poder analizar todas las cosas con claridad y demasiado mayor como para obviarlas. No fue un momento hermoso en mi vida, pero tampoco mucho mejor que los vividos anteriormente contigo.

Eso fue en las navidades de 1987, siempre habías sido un lince en elegir fechas y, como no podría ser de otro modo, te marchaste el día del sorteo de la lotería.

Los siguientes años descubrí cosas de ti que me hicieron mucho daño, ya no se trataba de que mis “amigos” me dijesen que yo era hijo de un borracho, o de alguien que estaba mal de la cabeza, o de otras cosas peores. Se trataba de que fui descubriendo poco a poco a una persona que se alejaba mucho de lo que se desea como modelo de vida; los malos tratos siempre fueron parte inherente a tu personalidad, el alcohol fue tu socializador y la mala educación una manera de ser. Y eso, hizo que me sintiese aliviado por no tenerte cerca, logró que me sintiese orgulloso de salir de una manera diferente a ti, hizo que el dolor inundase habitaciones en mi alma, hasta el punto de tener que abrir una puerta tras otra para poder escapar de quién eras.

He pasado muchos años de mi vida lamentando la mala suerte de haberte tenido como progenitor, de haber sido parte de ti. Sin embargo, ese mismo tiempo transcurrido me hizo ver cómo fueron tus inicios allá por 1945, como con apenas 12 años dejabas tu casa, el calor de tu hogar, a tus hermanos y te marchabas a un peregrinaje por casa de dos tíos que hicieron de ti, y de tu hermano también, un borracho, un fumador y un machista desde la más tierna infancia.

Está claro que ese modo de vida, esa manera de vivir hizo de ti lo que fuiste, convirtió tu personalidad en lo que fuiste. Y ahí comencé a comprender que no podía odiarte por haber sido así con ella y conmigo; aprendí que no debía dejarme llevar por lo que ella decía, que tenía que añadirle el dónde, el por qué, el con quién… nada es como es por el mero hecho de serlo, todos tenemos un origen y, sin duda, marca mucho.

Aprendí que tu comportamiento fue de una manera determinada porque era lo que sabías hacer, porque la ignorancia hizo de ti el ser repugnante que fuiste. Al albur de los tiempos pasados, de los conocimientos adquiridos me queda ahora el decirte que siento mucho no haber tenido una conversación contigo.

Me habría gustado hablar cara a cara contigo, mirándote a los ojos, explicándote que las cosas se pueden hacer de otra manera; que existen otros modos, unos principios que no se pueden vulnerar. Nunca tendré la oportunidad de hacerlo y por eso te lo escribo, por eso te digo que siento no haber sido capaz de aprender mucho antes quién eras para poder ayudarte a cambiar.

Quizá no lo habrías hecho nunca, pero quizá sí y entonces; sólo entonces, las cosas habrían sido de otra manera.

Es curioso como el descubrimiento en mi persona de la misma dolencia que tú sufrías sin saber, me acercó a ti. Cómo estar en un hospital temiéndome que pudiese terminar como tú hizo que me volviese egoísta y a la vez capaz de discernir entre una opinión infundada y una opinión argumentada.

El día que dejaste este mundo, recuerdo que estaba comiendo en la cocina del piso del casco antiguo, me dije a mi mismo que jamás toleraría ningún comportamiento como el tuyo en nadie, y lo he cumplido; o al menos creo haberlo hecho. También me prometí, pero ya mucho antes, que jamás llegaría borracho a mi casa ni a ningún lado, tras ver en ti los efectos del alcohol; y eso, también lo he cumplido. No tengo ninguna adicción y antepongo siempre la reflexión y la palabra a cualquier amago de imposición de fuerza. Y te preguntarás ¿por qué me dices esto? Pues porque gracias a no querer ser como tú, creo haberme hecho mejor persona. Y por disparatado que parezca, te lo debo a ti.

Sé que el tiempo pasado, casi 23 años, ha sido suficiente para conocerte mejor y para descubrir el tipo de persona que soy. Y llegado este momento tengo que agradecerte el que me dieses la oportunidad de vivir, agradecerte aquel regalo de aquella bicicleta, la única que tuve regalada por nadie, agradecerte que jamás hicieses nada para hacerme daño. Tus manías eran con ella, tu rencor también, así como esos celos que te hacían paranoico. Conmigo te comportaste como lo que eras, mi padre. Lo hiciste a tu manera, la que conocías. Y yo no supe que era así hasta muchos años después.

Así que para despedirme sólo quisiera hacer dos cosas: lamentar no haberte perdonado antes y decirte que en el fondo te quería. No recuerdo que jamás me lo dijeses, pero sé que me querías.