LUGARES PARA SOÑAR

LUGARES PARA SOÑAR
cerrar lo ojos y sentir

viernes, 20 de agosto de 2010

LUGARES COMUNES

Un día, hace mucho tiempo, pude descubrir la importancia de encontrar los lugares comunes; sitios donde poder compartir; puntos de encuentro de ideas, sueños, deseos, anhelos...
Desde entonces siempre he querido encontrar a personas con las que compartir esos lugares comunes, esos remansos donde mirar y ver; donde oír y escuchar; espacios en los que la cordialidad, la discusión constructiva, el aporte de ideas, la discrepancia... encuentren su acomodo.
Y no es fácil encontrarte con personas con las que puedas compartir un lugar así. Es posible que el carácter de cada uno, y el mío en particular, haga que el acercamiento no sea sencillo.
Buscar lugares comunes supone un ejercicio de cierta generosidad, de apertura de miras y sobre todo de saber qué lugares quieres visitar y cuales no. Los primeros son siempre víctimas de la curiosidad; los segundos, por explorados, carecen ya de interés y regresar a ellos suele ser una pérdida de tiempo.
Respeto a quien quiere compartir su espacio con muchos amigos pero para mí existe una diferencia notable entre el conocido y el amigo, entre el compañero de trabajo, deporte o lo que sea y a quien yo considero amigo. Dónde radica la diferencia, pues precisamente en la cantidad de lugares comunes que comparto con ellos.
Es cierto que con mis compañeros puedo compartir unos lugares, con otras personas otros y no tienen por qué ser vasos comunicantes. Quizá son los que yo considero amigos los que, en realidad, pueden transitar por todos esos espacios con absoluta libertad.
La amistad, la verdadera amistad, la situaría en aquellas personas ante las que mi desnudez interior no me cause rubor alguno, sabiendo que en su presencia tengo la seguridad de que el halago o la crítica son valores y no comentarios interesados.
Hay lugares comunes en los que es muy difícil entrar, aun cuando te dejen la entrada franca; se convierten estos espacios en reductos restringidos de ánimos, emociones, sentimientos, deseos, que conviene hacer sólo accesibles a quienes pretendan quedarse dentro.

EL HOMBRE DEL ESPEJO

De un tiempo a esta parte observo el espejo de mi baño con cierta cara de asombro; al otro lado hay un tío que me mira y no sé muy bien por qué razón lo hace. Me suena su cara, mas no recuerdo exactamente de qué; tiene poco pelo, por decir algo, no tengo muy claro si es que la cara se le ha estirado o la raya del pelo se le ha ido de la mano.
En sus ojos puedo observar el paso de los años, las patas de gallo se están convirtiendo en patas de ganso; los surcos de su piel determinan que el tiempo hace un trabajo inexorable, que ya han pasado muchos veranos, que se aproxima el otoño.
Lo de la barba es más curioso, pues cada día que pasa es más blanca. El abuelo de Heidi va apareciendo cada mañana un poquito más; suerte que la lleva más o menos corta y la disimula. Si la deja larga, se pone un pantalón con tirantes y lo plantas en medio de una pradera... listo.
Algunas mañanas, cuando le veo de perfil observo que ya necesita contener la respiración para evitar que la felicidad se muestre donde no debería. En la parte de atrás todo sigue igual, donde no hubo no puedes esperar nada.
Hasta el pelo del cuerpo tiene canas!
Cuando le observo, con menos premura de tiempo, puedo apreciar también que tiene un aire más sereno, como si fuese consciente de quien es, no sé si sabrá muy bien lo que quiere ser en el futuro, pero tiene toda la pinta de conocer su pasado y querer evitar errores de otro tiempo.
Un espejo da para mucho; por eso uno puede percibir, en los reflejos de la luz, como su rostro brilla cuando cierra los ojos he imagina. Y sí, alguna que otra vez los pensamientos son “esos” pues partes de él cambian de postura de manera más o menos repentina.
Lo más divertido de los espejos es que puedes reflejarte en ellos de manera real o de manera ficticia; los hay que engordan, que estilizan, que modifican tu apariencia, etc. Sin embargo, a la hora de la verdad, cuando te miras con detenimiento en ellos te das cuenta de que el hombre que hay dentro es el mismo que se sitúa enfrente. No es fácil, muchas veces, reconocer que aquello que ves eres tú pero para eso los hay de todos los tamaños.
Es posible que a partir de una edad todos deberíamos mirarnos en un espejo de depilar con pinzas, la no-observación del todo puede hacer de la parte algo más interesante.
En mi caso creo que verme a trocitos puede llevarme el tiempo suficiente como para no recordar como era el primer pedazo de carne. La felicidad, muchas veces, consiste en vivir poco a poco, sin observar la realidad absoluta. Para evitar, en la medida de lo posible, el susto de encontrarse a uno mismo y no reconocerse.

jueves, 19 de agosto de 2010

SONREIR

Sonreír, todo un gesto. Hay quien en su cara lleva una perenne sonrisa que alegra las caras de quienes se cruzan con ellos. La sonrisa es uno de esos gestos gratuitos que hacen que el día a día sea más agradable.
No soy una persona que vaya por la vida sonriendo, es más, soy bastante serio, sin embargo reconozco que cuando me encuentro de frente con personas más risueñas que yo, el espíritu experimenta en mi interior una notable mejoría.
Una sonrisa de mi hija me hace sentir pleno, una sonrisa mía para ella consigue un efecto dinamizador en el mismo instante que la percibe.
Gracias a ella he aprendido a sonreír mucho más que cuando no la tenía cerca. He podido apreciar el efecto, recíproco, tan intenso que produce el mero hecho de mostrar los dientes de cuando en cuando.
Hace un tiempo, cuando mis dientes todavía eran míos, no sonreía por pura vergüenza; no llevaba bien enseñar un diente roto, otro oscuro y dos alelados, en lugar de una sonrisa bonita tenía un falsete entre los labios. Ahora, que los dientes me los han prestado a precio de marfil puedo sonreír con más seguridad y a fe que lo hago mucho más.
Si el mundo sonriese mucho más, la acritud sería menor. Como poder abroncar al de enfrente si éste de devuelve una amplia sonrisa. A la segunda seguro que cambiaríamos nuestro discurso para decir lo mismo de otra manera.
Hay quien cree que en la vida uno debe ser serio y que así se hará respetar más... está equivocado. Lo digo por experiencia, pues yo también he sido así.

ALEGRÍA

Nada mejor para empezar el día, ninguna otra manera ideal para permanecer en el mundo. La alegría siempre produce bienestar más allá de la mera sensación de fortuna y risa.
La alegría por hecho que sea es el detonante de una subida de todos los buenos niveles de nuestro organismo; es fantástica para la mente, para el otro, para uno mismo.
Cuando descubro los ojos de mi hija mirándome desde la parte de arriba de las escaleras de la casa de su madre, en mi cuerpo algo se mueve, la alegría del encuentro con la reina de mi corazón provoca un sin fin de buenas sensaciones.
Si, caminando por la calle, nos encontramos a un buen amigo de manera inesperada, la alegría nos embarga y nos hace sentirnos dichosos, dure el tiempo que dure.
Y por qué es tan importante la alegría? Quizá porque en un mundo donde odio y rencor llenan telediarios, donde la crisis es la palabra más escuchada, donde muchos no llegan a fin de mes y otros a principios, la alegría por el hecho que sea mitiga todo, hace que veamos por un instante, breve o largo, el mundo por un agujero distinto.
Cuando España ganó el mundial la alegría desbordó el país, incluso quienes no son apasionados del fútbol, quienes no pierden un minuto en ver una jugada, incluso ellos se vieron arrollados por la lengua de alegría que de pronto, como una gota fría, inundó nuestro país.
Fueron horas, días, de júbilo, donde la crisis era menos crisis; donde la precariedad laboral era menor, incluso la pérdida era menor.
Todos los años vemos en los diferentes sorteos navideños la alegría de barrios enteros en los que la diosa fortuna toca con su varita mágica, como las personas saltan, gritan, lloran, sueñan...
Alegría...

DOLOR

¿Quién no ha sentido dolor en algún momento de su vida? Casi nadie. El dolor físico va parejo al desarrollo humano, desde las épocas de desarrollo hasta el momento del ocaso.
El dolor es como la muerte, es una certeza que también tienes al nacer. Quizá no descubras el placer en muchas cosas, mas el dolor físico lo experimentarás seguro.
Es, sin embargo, el dolor interior el que te revienta por dentro, el que destroza tu ánimo, el que mutila tus ganas de reír.
Sentimos dolor con la pérdida, incluso con el encuentro y el desenlace. Construimos nuestro universo particular intentando caminar por los bordes del dolor, sabiendo que en cualquier momento un resbalón nos hará caer en ese pozo del dolor del alma, del dolor del corazón...
Si tuviese que elegir entre el dolor físico y el dolor interior no tengo ninguna duda sobre mi elección. El dolor físico puede llegar a ser insufrible, me acuerdo ahora de quien debe abusar de la morfina para mitigar su sufrimiento, pero más tarde o más temprano uno termina por superarlo o acostumbrarse a una vida así. El dolor interno es más lacerante, pues puede evitar que te desarrolles como individuo, que trastorne tu mente hasta un punto donde la racionalidad de paso a la locura. El sufrimiento no físico se convierte, para muchos, en el detonante de conductas erráticas que un día desemboca en un dolor físico consecuencia de una mala acción, o de una terrible elección.
He sufrido dolor físico y también del otro y no tengo dudas sobre cual prefiero. Siempre es mejor un analgésico que un ansiolítico.

RENCOR

Esta palabra determina uno de los sesgos personales de muchas personas en el mundo, se convierte en la cara de muchos que no son capaces de perdonar una ofensa real o no.
Pero ser rencoroso supone mucho más, supone un ejercicio de hipocresía tremendo, de cierto amarillismo y sobre todo un trabajo que, personalmente, encarece tu día a día hasta un punto tal que no merece la pena.
Nunca he sido rencoroso, cuando alguien no me ha gustado o me ha hecho daño simplemente me he alejado, me he apartado dejando el espacio suficiente como para que el aire enfriase todos los calentones.
Pero el rencor es poderoso, mueve al ser humano a situarse en posiciones radicales, a afianzarse en el lecho seco del perdón y a rellenar los huecos de las dudas de cierto odio.
Un rencoroso es una persona peligrosa, temible para los demás y sobre todo para sí misma. Para el otro porque no es fácil la comunicación con alguien que está pendiente de cualquier fallo tuyo para saltarte, para sí mismo porque ser rencoroso lleva implícito un trabajo absurdo de seguimiento del otro para machacarle.
El rencor mueve también innumerables intereses en el mundo, es capaz de originar una guerra o varias, por el mero hecho de no haber sido “fiel” a los intereses del político o militar de turno, que se creía en ese instante, ávido de pleitesía.
Así las cosas nada puedo situar en el haber del rencor, justo lo contrario que en el debe, donde la carga que supone ser rencoroso ya es suficiente como para agriarte la vida.

martes, 17 de agosto de 2010

EL AMOR DE MI VIDA 2

Llevo unos días pensando en ti, desde el mismo instante en que te separaste de mi lado. No puedo evitar sentir un vacío a mi lado. Nadie sujeta mi dedo al caminar, nadie me cuenta lo interesante que es ese club privado de Patito Feo que has creado con tus amigas.

Soy afortunado por conocer la contraseña para adentrarme en esos mundos que tu me enseñas, eso sí, teniendo claro (como me has dicho) que conocer la contraseña no me da derecho a opinar en ese lugar selecto donde las opiniones son tan importantes.

En menos de diez días volverás a estar conmigo, entonces me contarás sí o sí todo aquello que has hecho y yo reiré, como siempre, aturdido por tanta información. Es increíble que a alguien que habla tanto, como yo, seas capaz de hacerlo callar de una manera tan fácil.

Continuará…