Cuando la normalidad se apodera de nuestras vidas encontramos el punto de equilibrio necesario para mejorar, para crecer interiormente y que ello se manifieste exteriormente.
Pero… ¿qué es la normalidad? Para mí significa encontrar en cada uno el normal denominador de cada quien. La normalidad es simplemente la ausencia de lo anormal, de lo extraordinario.
Lo normal es que mi hija se comporte como una niña de siete años, no como una de doce… lo normal es que en otoño llueva y haga sol, aunque también sucede en invierno…entonces ¿no es normal el otoño? Sí, porque además se caen las hojas de los árboles… tantas respuestas como preguntas.
Últimamente hablamos de personas normales porque nos parece raro encontrarlas; un amigo me comenta de cuando en cuando que ninguno estamos al 100%, que como mucho al 90%... quizá tenga razón.
Todos tenemos un puntito donde nos distanciamos del otro; ese hecho diferenciador es el que sitúa a unos en la órbita del humano normal y traslada al otro al lado de los “especiales”; un término éste, que también se las trae.
Por normalidad entiendo encontrar a una persona con la que poder mantener una conversación o discusión dentro de los normales cánones de comportamiento humano, sin agresión verbal, física o acústica. La normalidad es levantarse por las mañanas y acostarse por las noches…
Y qué sucede cuando tu normalidad no es normal, cuando eres una de esas personas especiales que dan color a nuestras vidas, que iluminan con sus ocurrencias el espacio, normalmente anodino, de la normalidad.
Los artistas, casi todos ellos, dejaron de ser normales cuando el punto creativo de su ser superó los miedos y se situó el la vanguardia de la personalidad que atesoran. Sin embargo su normalidad es fabulosa, admirable, intensa… siento envidia sana de ellos; muchas veces he soñado con ser un día escritor o poeta…
Para un soldado en guerra, su normalidad es matar a tres o cuatro al día y evitar que lo maten… para ellos, regresar a la “normalidad” de sus casas es casi siempre un estadío de lucha contra ellos mismos…
Cuando hablamos de normalidad, lo hacemos situándonos en un lado de cierta superioridad, pues somos capaces de establecer por la vía del “ya” qué es normal y qué no…
Al final el mundo es pura subjetividad…
LUGARES PARA SOÑAR
cerrar lo ojos y sentir
sábado, 9 de octubre de 2010
jueves, 7 de octubre de 2010
ESENCIA
Quiero escribirte para expresarte, lo mejor que pueda, cómo es el antes y el después, de qué manera tu esencia habrá impregnado mis recuerdos, mis sentimientos, mis recuerdos.
En el tiempo que nos toca vivir acostumbramos a conocer lugares, personas o cosas; de muy diversa índole, de diferente color. Muchos de esos lugares o cosas quedarán grabados en nuestra memoria por lo impresionante de su paisaje, por los recuerdos que se adhieren a las paredes de nuestra memoria de un hecho tal, o de un hecho cual.
De las cosas, de esos objetos que un día supusieron un giro en nuestra vida, la adopción de una manera de ser ante las cosas, etc. De ellos también guardamos su esencia. Y cuando pasamos en un momento de nuestras vidas cerca de un objeto similar comenzamos a sentir en nuestro interior la presencia de ese recuerdo abstraído ya en nuestra mente.
Si hablamos de personas entonces la cosa cambia, muchos pasarán por nuestras vidas dejando, en lugar de esencia, tufos y olores varios. Muchos de ellos irrespirables por lo insano o insoportable. La esencia de una persona queda impregnada en nosotros cuando somos capaces de ver un poco más allá; cuando nos sentamos tranquilos y disfrutamos de la composición básica e íntima de esa persona que hemos dejado acercar a nosotros y de la que queremos disfrutar.
Por eso quiero expresarte mi agradecimiento por haber dejado en mí un poso imborrable, por haberte acercado con la serenidad de quien sabe lo que no quiere y tiene pocas dudas sobre lo que quiere.
Compartir momentos que se anclen en el recuerdo no es fácil. Acostumbra el ser humano a recordar más una fiesta que un hecho importante. ¿Por qué lo hace? Muchas veces por no querer afrontar una responsabilidad determinada.
Dicen que las esencias vienen en frascos pequeños, en envases de tamaño tal que puedan ser transportadas y guardadas con gran facilidad y ocultarlas y protegerlas de posibles actos contra ellas. No temas, tu esencia no será víctima de ataques, no será escondida en otro lugar que no sea en lo profundo de mí.
Tu esencia es mía y, perdona mi egoísmo, no pretendo compartirla.
En el tiempo que nos toca vivir acostumbramos a conocer lugares, personas o cosas; de muy diversa índole, de diferente color. Muchos de esos lugares o cosas quedarán grabados en nuestra memoria por lo impresionante de su paisaje, por los recuerdos que se adhieren a las paredes de nuestra memoria de un hecho tal, o de un hecho cual.
De las cosas, de esos objetos que un día supusieron un giro en nuestra vida, la adopción de una manera de ser ante las cosas, etc. De ellos también guardamos su esencia. Y cuando pasamos en un momento de nuestras vidas cerca de un objeto similar comenzamos a sentir en nuestro interior la presencia de ese recuerdo abstraído ya en nuestra mente.
Si hablamos de personas entonces la cosa cambia, muchos pasarán por nuestras vidas dejando, en lugar de esencia, tufos y olores varios. Muchos de ellos irrespirables por lo insano o insoportable. La esencia de una persona queda impregnada en nosotros cuando somos capaces de ver un poco más allá; cuando nos sentamos tranquilos y disfrutamos de la composición básica e íntima de esa persona que hemos dejado acercar a nosotros y de la que queremos disfrutar.
Por eso quiero expresarte mi agradecimiento por haber dejado en mí un poso imborrable, por haberte acercado con la serenidad de quien sabe lo que no quiere y tiene pocas dudas sobre lo que quiere.
Compartir momentos que se anclen en el recuerdo no es fácil. Acostumbra el ser humano a recordar más una fiesta que un hecho importante. ¿Por qué lo hace? Muchas veces por no querer afrontar una responsabilidad determinada.
Dicen que las esencias vienen en frascos pequeños, en envases de tamaño tal que puedan ser transportadas y guardadas con gran facilidad y ocultarlas y protegerlas de posibles actos contra ellas. No temas, tu esencia no será víctima de ataques, no será escondida en otro lugar que no sea en lo profundo de mí.
Tu esencia es mía y, perdona mi egoísmo, no pretendo compartirla.
FRASES INSTANTANEAS
He comprendido, con el paso de los minutos, que las horas son importantes cuando los días son cortos, los meses escasos y nos quedan pocos años.
Hay personas que creen que gritar es una manera de hablar, que someter a la fuerza es la mejor manera de mandar, que imponer es mejor que llegar a acuerdos; lamentablemente para ellos, la soledad será lo único que les aguarda.
Me dispuse a acariciar su cuerpo, a besar sus labios, a sentir su calor, a percibir su deseo; tan sólo por el mero hecho de dejarme llevar por mi imaginación, mis deseos, mis sueños; al cabo de un instante me encontré a mí mismo, pleno… feliz.
Un día, alguien, se dará cuenta de lo estúpido que resulta perseguir la felicidad, cuando ésta es la que siempre nos atrapará cuando ella quiera, caprichosa como es.
La mejor manera de llegar al corazón de una persona es dejando salir de nuestro interior la personas que somos, apartando de nuestra vista la persona que queremos ser.
La pasión es como un gato que se acuesta a tu lado esperando tus caricias, tus mismos, tu amor. Cuando dejas de hacerlo, al dejar de lado los afectos, el gato se vuelve arisco, frío, distante. Acariciemos nuestro gato cada día...
Un día cualquiera descubriré que yo, ya no soy yo; que tú ya no eres quien eras; que vosotros tampoco sois ya lo que un día fuisteis; entonces habré descubierto que la vejez ha llegado y me sentiré feliz de teneros a mi lado.
¿Es la soledad una manera de encontrarse a uno mismo o por el contrario es la mejor manera de perderse?
El mejor momento del día es cuando mis ojos se topan con los tuyos y provocan en mi interior un cambio repentino de temperatura...
A veces, cuando me despierto por las mañanas, me siento en plenitud sabiendo que soy parte de una realidad, que puedo contribuir a modificar el mundo en el que habito. Siempre he creído en las posibilidades de la soledad para cambiar el colectivo. Uno no puede ser impasible, debe actuar…
Sé que en la vida he causado dolor; también he visto el placer en las caras de quien me ha acompañado. Sólo me arrepiento de lo que no he hecho, de los momentos que he dejado pasar por cobardía. Lo vivido tan sólo forma parte de mi pasado y he de tenerlo en cuenta para mi futuro.
Por qué, dónde, cuándo....pequeñas palabras que mueven el mundo. Las respuestas a estas simples cuestiones acarrean no pocos dolores de cabeza, y sin embargo son tan simples...
¿Por qué razón tenemos miedo a decir a la cara lo que pensamos, a dejarnos llevar por lo que sentimos, si en el fondo es lo que deseamos hacer?
Renunciar al amor es, en la práctica, renunciar a la vida. Qué es la vida sin amor, sino el vacío más absoluto.
Nunca ha sido la distancia la que ha separado definitivamente un amor o una amistad, sino la falta de interés. En ocasiones la proximidad perturba tanto como la lejanía. Para amar, basta con querer hacerlo.
Es preciso enseñar a nuestros hijos el dolor de la lucidez, de la capacidad de pensar, de la responsabilidad de decidir...
Resulta curioso el hecho, cierto, de toparnos con personas con las que nos sentimos geniales y las dejamos pasar porque tenemos nuestras vidas ordenadas y no tenemos miedo a cambiarlas. Al cabo de un tiempo nos echamos las manos a la cabeza por no haber tomado las riendas de nuestras vidas y dejarnos llevar por…
Si descubro que puedo amarte, si siento que tú puedes amarme. Si comprendo cómo eres, y tú entiendes cómo soy. Si siento tu cuerpo como mío y tú sientes el mío parte de ti. Y aún así no estamos juntos, ¿qué falla? ¿Nuestra capacidad de amar? ¿O ponemos de manifiesto lo más absurdo de nosotros mismos cuando negamos una realidad?
Cuando miras muy de cerca en los ojos de alguien, cuando compartes el mismo aire a corta distancia, cuando la intensidad del momento supera el espacio – tiempo; en ese momento, debes de ser consciente de que ahí debes estar, es tu momento, vívelo, siéntelo… y no dejes pasar la oportunidad de cerrar por dentro para tirar la llave
Hay personas que creen que gritar es una manera de hablar, que someter a la fuerza es la mejor manera de mandar, que imponer es mejor que llegar a acuerdos; lamentablemente para ellos, la soledad será lo único que les aguarda.
Me dispuse a acariciar su cuerpo, a besar sus labios, a sentir su calor, a percibir su deseo; tan sólo por el mero hecho de dejarme llevar por mi imaginación, mis deseos, mis sueños; al cabo de un instante me encontré a mí mismo, pleno… feliz.
Un día, alguien, se dará cuenta de lo estúpido que resulta perseguir la felicidad, cuando ésta es la que siempre nos atrapará cuando ella quiera, caprichosa como es.
La mejor manera de llegar al corazón de una persona es dejando salir de nuestro interior la personas que somos, apartando de nuestra vista la persona que queremos ser.
La pasión es como un gato que se acuesta a tu lado esperando tus caricias, tus mismos, tu amor. Cuando dejas de hacerlo, al dejar de lado los afectos, el gato se vuelve arisco, frío, distante. Acariciemos nuestro gato cada día...
Un día cualquiera descubriré que yo, ya no soy yo; que tú ya no eres quien eras; que vosotros tampoco sois ya lo que un día fuisteis; entonces habré descubierto que la vejez ha llegado y me sentiré feliz de teneros a mi lado.
¿Es la soledad una manera de encontrarse a uno mismo o por el contrario es la mejor manera de perderse?
El mejor momento del día es cuando mis ojos se topan con los tuyos y provocan en mi interior un cambio repentino de temperatura...
A veces, cuando me despierto por las mañanas, me siento en plenitud sabiendo que soy parte de una realidad, que puedo contribuir a modificar el mundo en el que habito. Siempre he creído en las posibilidades de la soledad para cambiar el colectivo. Uno no puede ser impasible, debe actuar…
Sé que en la vida he causado dolor; también he visto el placer en las caras de quien me ha acompañado. Sólo me arrepiento de lo que no he hecho, de los momentos que he dejado pasar por cobardía. Lo vivido tan sólo forma parte de mi pasado y he de tenerlo en cuenta para mi futuro.
Por qué, dónde, cuándo....pequeñas palabras que mueven el mundo. Las respuestas a estas simples cuestiones acarrean no pocos dolores de cabeza, y sin embargo son tan simples...
¿Por qué razón tenemos miedo a decir a la cara lo que pensamos, a dejarnos llevar por lo que sentimos, si en el fondo es lo que deseamos hacer?
Renunciar al amor es, en la práctica, renunciar a la vida. Qué es la vida sin amor, sino el vacío más absoluto.
Nunca ha sido la distancia la que ha separado definitivamente un amor o una amistad, sino la falta de interés. En ocasiones la proximidad perturba tanto como la lejanía. Para amar, basta con querer hacerlo.
Es preciso enseñar a nuestros hijos el dolor de la lucidez, de la capacidad de pensar, de la responsabilidad de decidir...
Resulta curioso el hecho, cierto, de toparnos con personas con las que nos sentimos geniales y las dejamos pasar porque tenemos nuestras vidas ordenadas y no tenemos miedo a cambiarlas. Al cabo de un tiempo nos echamos las manos a la cabeza por no haber tomado las riendas de nuestras vidas y dejarnos llevar por…
Si descubro que puedo amarte, si siento que tú puedes amarme. Si comprendo cómo eres, y tú entiendes cómo soy. Si siento tu cuerpo como mío y tú sientes el mío parte de ti. Y aún así no estamos juntos, ¿qué falla? ¿Nuestra capacidad de amar? ¿O ponemos de manifiesto lo más absurdo de nosotros mismos cuando negamos una realidad?
Cuando miras muy de cerca en los ojos de alguien, cuando compartes el mismo aire a corta distancia, cuando la intensidad del momento supera el espacio – tiempo; en ese momento, debes de ser consciente de que ahí debes estar, es tu momento, vívelo, siéntelo… y no dejes pasar la oportunidad de cerrar por dentro para tirar la llave
EFÍMERO
Define la RAE, lo efímero como de corta duración, de tan sólo un día. Estoy seguro de que es una definición acertada y aceptada. Sin embargo me atrevería a sugerir que el plazo se me antoja corto.
24 horas son, desde luego, suficientes como para que un hecho acontezca y desaparezca y con ello digamos que es efímero. Pero en otros terrenos, donde los sentimientos, los patrones de conducta, la personalidad… entran, ahí lo efímero no suele ser un día, sino el tiempo imprescindible como para que, a nosotros, nos parezca demasiado poco y, por tanto, efímero.
Imagino al adolescente esperando a su, reciente, novia en la puerta el colegio, caminando día tras días desde allí a la casa de esta; hasta que un día, una semana o dos más tarde, ella le dice que no vuelva más. Sin duda para este adolescente será un momento efímero pues sin librar una batalla ha perdido la guerra.
Siendo adulto lo efímero va a tener tantas lecturas como emociones, tanta duración como sensaciones, tanta intensidad como deseo. Encontrarte con alguien, disfrutar de su compañía, participar de una misma actividad… y que, al cabo de un día, dos, seis, una semana, se termine; será sin duda efímero desde cualquier punto de vista. Si este momento se vive con malestar sin duda se convertirá en una “eternidad”. La subjetividad siempre estará presente.
Dicen, en todo caso, que: lo bueno, si breve, dos veces bueno. No estoy de acuerdo en absoluto, no tengo ninguna duda de que, quien escribió esto disfrutó poco del momento y se contentó con ello. Si hubiese sido sincero habría dicho: lo bueno…que no se termine nunca.
El recuerdo efímero de las personas que marcan tu vida, en un momento determinado, suele rondarnos cada vez que algo nos la recuerda… para entonces, gustosos, habríamos cambiado ese efímero por un eterno.
24 horas son, desde luego, suficientes como para que un hecho acontezca y desaparezca y con ello digamos que es efímero. Pero en otros terrenos, donde los sentimientos, los patrones de conducta, la personalidad… entran, ahí lo efímero no suele ser un día, sino el tiempo imprescindible como para que, a nosotros, nos parezca demasiado poco y, por tanto, efímero.
Imagino al adolescente esperando a su, reciente, novia en la puerta el colegio, caminando día tras días desde allí a la casa de esta; hasta que un día, una semana o dos más tarde, ella le dice que no vuelva más. Sin duda para este adolescente será un momento efímero pues sin librar una batalla ha perdido la guerra.
Siendo adulto lo efímero va a tener tantas lecturas como emociones, tanta duración como sensaciones, tanta intensidad como deseo. Encontrarte con alguien, disfrutar de su compañía, participar de una misma actividad… y que, al cabo de un día, dos, seis, una semana, se termine; será sin duda efímero desde cualquier punto de vista. Si este momento se vive con malestar sin duda se convertirá en una “eternidad”. La subjetividad siempre estará presente.
Dicen, en todo caso, que: lo bueno, si breve, dos veces bueno. No estoy de acuerdo en absoluto, no tengo ninguna duda de que, quien escribió esto disfrutó poco del momento y se contentó con ello. Si hubiese sido sincero habría dicho: lo bueno…que no se termine nunca.
El recuerdo efímero de las personas que marcan tu vida, en un momento determinado, suele rondarnos cada vez que algo nos la recuerda… para entonces, gustosos, habríamos cambiado ese efímero por un eterno.
miércoles, 6 de octubre de 2010
ENCUENTROS
Es curioso el ser humano, necesita saber, conocer a otras personas, otros lugares. Nuestra manera de ser social hace de nosotros individuos a la búsqueda incesante de nuevos encuentros.
Encuentros con la cultura, con la capacidad de aprender de nosotros y sobre nosotros, además de comprender a los demás. Para poder entender la historia personal o colectiva de alguien es preciso, primero, sostener un encuentro con nuestra propia vida. Sólo así podremos ser enteramente objetivos dentro de la inherente subjetividad.
Del encuentro, casual o no, con otro igual va a surgir una unión psíquica o física, que hará de esa interrelación una manera de crecimiento; un crecimiento que puede ser demográfico, a nivel espiritual, social, etc.
En nuestra vida diaria, en el normal desarrollo de nuestra vida necesitamos y buscamos encuentros con el sexo en el que estemos interesados. Al principio, los encuentros, pueden ser fortuitos, fruto de la conjunción de causalidades que se dan en un momento dado; después los encuentros se convierten en destino clandestino de deseos y ardores; de sueños y anhelos; en abierta relación de pareja o simplemente en un juego dual donde, casi siempre, uno sale perdiendo.
Hay otra clase de encuentro que jamás olvidamos; ese instante preciso, precioso en el que encontramos la vida de nuestros hijos; en el que nos encontramos con la mejor maquinaria que seremos capaces de crear jamás.
El encuentro con la muerte también suele ser intenso; cuando el óbito se produce en nuestra proximidad el dolor puede llegar a quemar, a romperte por dentro. Quizá el consuelo de ese momento, para los creyentes, radique en la posibilidad de un posterior y postrer encuentro en esa otra dimensión, de la que muchos hablan y pocos conocen.
Los encuentros marcarán nuestras vidas siempre, aun cuando no los busquemos. Alguien o algo saldrá a nuestro encuentro. En nuestra maduración personal encontraremos las actitudes necesarias para ese instante que, en ocasiones, es demasiado intenso.
Encuentros con la cultura, con la capacidad de aprender de nosotros y sobre nosotros, además de comprender a los demás. Para poder entender la historia personal o colectiva de alguien es preciso, primero, sostener un encuentro con nuestra propia vida. Sólo así podremos ser enteramente objetivos dentro de la inherente subjetividad.
Del encuentro, casual o no, con otro igual va a surgir una unión psíquica o física, que hará de esa interrelación una manera de crecimiento; un crecimiento que puede ser demográfico, a nivel espiritual, social, etc.
En nuestra vida diaria, en el normal desarrollo de nuestra vida necesitamos y buscamos encuentros con el sexo en el que estemos interesados. Al principio, los encuentros, pueden ser fortuitos, fruto de la conjunción de causalidades que se dan en un momento dado; después los encuentros se convierten en destino clandestino de deseos y ardores; de sueños y anhelos; en abierta relación de pareja o simplemente en un juego dual donde, casi siempre, uno sale perdiendo.
Hay otra clase de encuentro que jamás olvidamos; ese instante preciso, precioso en el que encontramos la vida de nuestros hijos; en el que nos encontramos con la mejor maquinaria que seremos capaces de crear jamás.
El encuentro con la muerte también suele ser intenso; cuando el óbito se produce en nuestra proximidad el dolor puede llegar a quemar, a romperte por dentro. Quizá el consuelo de ese momento, para los creyentes, radique en la posibilidad de un posterior y postrer encuentro en esa otra dimensión, de la que muchos hablan y pocos conocen.
Los encuentros marcarán nuestras vidas siempre, aun cuando no los busquemos. Alguien o algo saldrá a nuestro encuentro. En nuestra maduración personal encontraremos las actitudes necesarias para ese instante que, en ocasiones, es demasiado intenso.
viernes, 1 de octubre de 2010
ACEPTACIÓN
Hoy día, donde la palabra igualdad, los movimientos en pro de los derechos humanos, la extensión del estado de bienestar y demás, están más en boga que nunca uno no puede dejar de plantearse verdaderas reflexiones sobre lo que significa todo esto que se mueve a mi alrededor.
Se nos llena la boca con la palabra igualdad, queremos que la gente (en nuestra sociedad del primer mundo) viva con igualdad de oportunidades, como si eso fuese una innovación pretérica.
Lo complejo es el proceso de aceptación, ese mecanismo mental y físico por el cual somos capaces de reconocer un estado social, una apariencia física y un entorno particular como nuestro, como parte del todo que forma cada unidad personal.
Cuando queremos que alguien forme parte de nuestras vidas, ya sea de manera personal o laboral, le decimos que lo queremos, que nos gusta. Pero en cuanto conocemos de manera cercana las circunstancias personales de cada individuo comenzamos a echar balones fuera. Pasamos del te quiero, al te quiero pero sin eso, sin aquello, sin lo otro...
Aceptar al otro cómo es requiere un ejercicio brutal de mirada interna, de no comparación, de análisis frío de las situaciones dadas,etc.
La lucha por los derechos humanos ha sido el caballo de batalla de muchas generaciones, de libertadores y liberados, de soñadores y realistas... y no es una guerra perdida, pero si un continuo batallar. Confundimos aquí los derechos humanos (occidentales y del primer mundo) con la imposición de una manera de ver la vida, las cosas, las sociedades; que poco o nada tiene que ver con la que tienen en lugares como el subcontinente africano, Asia central, etc.
Pero nosotros, los occidentales, no los aceptamos como son, sino que queremos modificar la sociedad en la que ellos viven e imponerles un modelo, el nuestro, que consideramos el mejor de todos. Imaginemos, por un instante, que los indios Yanomami estuviesen en posesión de armas de destrucción masiva con un ejército imponente e invadiesen Europa; imaginemos ahora que en lugar de aceptarnos como somos, nos impusiesen ir con taparrabos, rezarle a un tronco de árbol, comer con las manos... qué sucedería? lo soportaríamos? No, claro que no. Sin embargo no los aceptamos a ellos como son, les imponemos. Los queremos, si, pero en reservas...
Aceptar no significa claudicar y mucho menos renunciar. Deberíamos aceptar al otro como es, con todas sus circunstancias individuales o sociales. La adaptabilidad del ser humano has sido su mejor arma para la supervivencia en un mundo que no es amable con nosotros. ¿Por qué nos empeñamos en imponernos a los demás? ¿Por qué nos agrada tanto someter a las demás naciones o pueblos?
Claro que habrá quien diga: «yo respeto a todos», la respuesta es fácil; para que nosotros podamos llevar el estilo de vida que llevamos en las naciones industrializadas, es preciso que en otros lugares se mueran de hambre, trabajen por un euro al mes, o desparezcan en experimentos de todo tipo... si somos capaces de aceptar eso, seguro que lograríamos un mayor respeto entre iguales.
Se nos llena la boca con la palabra igualdad, queremos que la gente (en nuestra sociedad del primer mundo) viva con igualdad de oportunidades, como si eso fuese una innovación pretérica.
Lo complejo es el proceso de aceptación, ese mecanismo mental y físico por el cual somos capaces de reconocer un estado social, una apariencia física y un entorno particular como nuestro, como parte del todo que forma cada unidad personal.
Cuando queremos que alguien forme parte de nuestras vidas, ya sea de manera personal o laboral, le decimos que lo queremos, que nos gusta. Pero en cuanto conocemos de manera cercana las circunstancias personales de cada individuo comenzamos a echar balones fuera. Pasamos del te quiero, al te quiero pero sin eso, sin aquello, sin lo otro...
Aceptar al otro cómo es requiere un ejercicio brutal de mirada interna, de no comparación, de análisis frío de las situaciones dadas,etc.
La lucha por los derechos humanos ha sido el caballo de batalla de muchas generaciones, de libertadores y liberados, de soñadores y realistas... y no es una guerra perdida, pero si un continuo batallar. Confundimos aquí los derechos humanos (occidentales y del primer mundo) con la imposición de una manera de ver la vida, las cosas, las sociedades; que poco o nada tiene que ver con la que tienen en lugares como el subcontinente africano, Asia central, etc.
Pero nosotros, los occidentales, no los aceptamos como son, sino que queremos modificar la sociedad en la que ellos viven e imponerles un modelo, el nuestro, que consideramos el mejor de todos. Imaginemos, por un instante, que los indios Yanomami estuviesen en posesión de armas de destrucción masiva con un ejército imponente e invadiesen Europa; imaginemos ahora que en lugar de aceptarnos como somos, nos impusiesen ir con taparrabos, rezarle a un tronco de árbol, comer con las manos... qué sucedería? lo soportaríamos? No, claro que no. Sin embargo no los aceptamos a ellos como son, les imponemos. Los queremos, si, pero en reservas...
Aceptar no significa claudicar y mucho menos renunciar. Deberíamos aceptar al otro como es, con todas sus circunstancias individuales o sociales. La adaptabilidad del ser humano has sido su mejor arma para la supervivencia en un mundo que no es amable con nosotros. ¿Por qué nos empeñamos en imponernos a los demás? ¿Por qué nos agrada tanto someter a las demás naciones o pueblos?
Claro que habrá quien diga: «yo respeto a todos», la respuesta es fácil; para que nosotros podamos llevar el estilo de vida que llevamos en las naciones industrializadas, es preciso que en otros lugares se mueran de hambre, trabajen por un euro al mes, o desparezcan en experimentos de todo tipo... si somos capaces de aceptar eso, seguro que lograríamos un mayor respeto entre iguales.
UN PAIS DE PANTOJAS
La noticia del día en nuestro país es la fianza que se le ha impuesto a la tonadillera andaluza por un presunto desfalco de capitales. Así las cosas seguro que llenará horas y horas de progamas de televisión donde analizarán hasta las bragas que usó el día de su boda. También en las revistas y periódicos harán carnaza de ella.
No seré yo quien la defienda, lo que sucede es que nuestro país está repleto de «pantojas» de todo tipo y calaña; seres que se pasean por nuestras calles, por nuestros municipios llevándose dinero en maletas, mientras los bobos del pueblo (todos los que votamos) les siguen apoyando legislatura tras legislatura.
Ponemos a parir a los políticos argentinos, ecuatorianos, venezolanos y demás porque hacen políticas de vodevil, llenamos telediarios con imágenes de corruptos en iberoamérica o centroeuropa. Mientras, aquí, dejamos que nos suban los impuestos con qué tapar los agujeros que deja la corrupción urbanística; no salimos a la calle a manifestarnos constra el robo organizado del dinero del contribuyente, sí lo hacemos para defender a un equipo de fútbol si lo descienden por no cumplir con Hacienda... en fin.
Creo que la imagen de nuestro país debe salir fortalecida de juicios como el de la operación «Malaya» con sentencias ejemplares; pero deberíamos exigir a nuestros políticos una legislación más dura contra quien se hace rico a consta del erario público.
Cuantos nos hemos preguntado por qué razón no salen los inspectores de hacienda, los jueces y policías a investigar la vida y patrimonio de personas que en cuatro años pasan de un piso hipotecado a un chalet en la playa. La excusa es que no hay denuncias... por qué entran de oficio entonces los inspectores en la cartera del contribuyente...
No seré yo quien la defienda, lo que sucede es que nuestro país está repleto de «pantojas» de todo tipo y calaña; seres que se pasean por nuestras calles, por nuestros municipios llevándose dinero en maletas, mientras los bobos del pueblo (todos los que votamos) les siguen apoyando legislatura tras legislatura.
Ponemos a parir a los políticos argentinos, ecuatorianos, venezolanos y demás porque hacen políticas de vodevil, llenamos telediarios con imágenes de corruptos en iberoamérica o centroeuropa. Mientras, aquí, dejamos que nos suban los impuestos con qué tapar los agujeros que deja la corrupción urbanística; no salimos a la calle a manifestarnos constra el robo organizado del dinero del contribuyente, sí lo hacemos para defender a un equipo de fútbol si lo descienden por no cumplir con Hacienda... en fin.
Creo que la imagen de nuestro país debe salir fortalecida de juicios como el de la operación «Malaya» con sentencias ejemplares; pero deberíamos exigir a nuestros políticos una legislación más dura contra quien se hace rico a consta del erario público.
Cuantos nos hemos preguntado por qué razón no salen los inspectores de hacienda, los jueces y policías a investigar la vida y patrimonio de personas que en cuatro años pasan de un piso hipotecado a un chalet en la playa. La excusa es que no hay denuncias... por qué entran de oficio entonces los inspectores en la cartera del contribuyente...
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