Desde que somos pequeños nuestros padres nos inculcan el sufrimiento como parte inherente del ser humano. Nos meten de manera inmisericorde y sin pausa en nuestro cerebro un fin último de nuestra existencia, sufrir.
Siempre he creído que la vida no es sufrimiento, sino una realidad que nosotros modificamos en función de nuestras creencias, vivencias y demás.
Uno no llega a este mundo para pasarlo mal, sino para sobrevivir el mayor tiempo posible y, en mi modo de entender la vida, hacerlo de la mejor manera posible dejando a un lado aquellos males que condicionarán nuestro futuro.
Sin embargo, la moralina que se desprende de las diferentes sociedades convierte al individuo en un ser doliente que no puede hacer otra cosa que penar por su propia existencia lamentándose de unas cosas o haciendo actos de contrición por otras.
La vida es hermosa, bella, está ahí para disfrutarla, para sentir cada día como el último, para aprender de aquellos errores que cometemos y tratar de no volver a repetirlos. Claro que es más fácil decirlo que hacerlo, pues nos condicionan tanto desde que somos unos bebés que crecemos creyendo que el sufrimiento te hace fuerte.
Y no es así, sufrir mucho a lo largo de una parte de tu existencia, no hace que veas el resto de la misma de mejor manera; más bien al contrario, ya que ese modo de vivir tan pernicioso lo único que consigue es cercenar las capacidades del ser humano para admirar lo bello sin coartadas.
La vida es sufrimiento para quienes no tienen la oportunidad de elegir, quienes se ven arrastrados por la inercia de la existencia que les rodea hacia un modo de vida lastrado por los miedos atávicos, por la idiosincrasia de las diferentes religiones, etc.
Espero ser capaz de inculcar en mis descendientes y en aquellos sobre los que pueda tener algún tipo de ascendencia, el deber de disfrutar con los cinco sentidos de cada uno de los minutos que les toque vivir. Los problemas vienen solos, no precisamos llevarlos en la mochila de la conciencia...
LUGARES PARA SOÑAR
cerrar lo ojos y sentir
jueves, 26 de mayo de 2011
AHORA, ¡AGITEN SU VARITA!
Ya han pasado las elecciones, el PSOE ha sido duramente castigado por una población hastiada de tanta crisis y que ha pagado con el Gobierno de la nación todos los platos rotos.
Sin entrar en profundidad sobre la culpabilidad real, impuesta o auto-impuesta del Ejecutivo, convendría tener en cuenta el único dato real al 100% de todo esto: Del 100% del presupuesto de España, el 70% está en manos de las autonomías y por tanto son dispuestos por los Presidentes Autonómicos. O lo que es más sencillo de entender, de cada 100 euros que llegan a mi autonomía, 70 los distribuye y controla mi presidente autonómico...
El color azul se ha impuesto con rotundidad en el mapa de la nación, sin que para ello hubiese necesitado el Partido Popular subir en votos, que no lo ha hecho, ha bastado con el castigo que el propio electorado de izquierdas ha inflingido a un Gobierno en clara deriva hacia la derecha.
Ahora, con los nuevos o renovados alcaldes y presidentes autonómicos a las puertas de tomar el mando, cabría pedirles que agiten esa varita mágica de la que han presumido en campaña. Los ciudadanos queremos cambios inmediatos, de fácil percepción, toda vez que los elegidos han alardeado durante estos últimos meses de tener la solución para los males que acosan al país.
Parece claro, por otro lado, que el Partido Popular parte con notable ventaja para la disputa de las próximas elecciones nacionales, mas tiene por delante nueve meses, todo un embarazo, para demostrar a la ciudadanía que tiene algo más que palabras, que la varita funciona. Si no es capaz de hacerlo, tal vez su victoria (segura) en las próximas generales deba estar apoyada por esas minorías que tanto critica. Aunque ya se sabe que quien desea aferrarse al poder pronto olvida el verbo fácil de la crítica en aras a practicar euskera, gallego o catalán en la intimidad.
En el otro lado se sitúa el electorado, la ciudadanía mal informada que tiende a hablar por boca de otros; de esos que desde las atalayas de sus editoriales, ondas de radio o imágenes de televisión, agitan las masas como banderas cimbreantes al viento de Poniente. Nunca una sociedad ha sido menos consciente de su propia realidad y tan manipulada como ésta.
¡Agiten su varita señores! Y háganlo pronto y bien, que ya estamos hartos de falsedades...o no.
Sin entrar en profundidad sobre la culpabilidad real, impuesta o auto-impuesta del Ejecutivo, convendría tener en cuenta el único dato real al 100% de todo esto: Del 100% del presupuesto de España, el 70% está en manos de las autonomías y por tanto son dispuestos por los Presidentes Autonómicos. O lo que es más sencillo de entender, de cada 100 euros que llegan a mi autonomía, 70 los distribuye y controla mi presidente autonómico...
El color azul se ha impuesto con rotundidad en el mapa de la nación, sin que para ello hubiese necesitado el Partido Popular subir en votos, que no lo ha hecho, ha bastado con el castigo que el propio electorado de izquierdas ha inflingido a un Gobierno en clara deriva hacia la derecha.
Ahora, con los nuevos o renovados alcaldes y presidentes autonómicos a las puertas de tomar el mando, cabría pedirles que agiten esa varita mágica de la que han presumido en campaña. Los ciudadanos queremos cambios inmediatos, de fácil percepción, toda vez que los elegidos han alardeado durante estos últimos meses de tener la solución para los males que acosan al país.
Parece claro, por otro lado, que el Partido Popular parte con notable ventaja para la disputa de las próximas elecciones nacionales, mas tiene por delante nueve meses, todo un embarazo, para demostrar a la ciudadanía que tiene algo más que palabras, que la varita funciona. Si no es capaz de hacerlo, tal vez su victoria (segura) en las próximas generales deba estar apoyada por esas minorías que tanto critica. Aunque ya se sabe que quien desea aferrarse al poder pronto olvida el verbo fácil de la crítica en aras a practicar euskera, gallego o catalán en la intimidad.
En el otro lado se sitúa el electorado, la ciudadanía mal informada que tiende a hablar por boca de otros; de esos que desde las atalayas de sus editoriales, ondas de radio o imágenes de televisión, agitan las masas como banderas cimbreantes al viento de Poniente. Nunca una sociedad ha sido menos consciente de su propia realidad y tan manipulada como ésta.
¡Agiten su varita señores! Y háganlo pronto y bien, que ya estamos hartos de falsedades...o no.
jueves, 19 de mayo de 2011
AMENAZA TORMENTA
A estas horas los boletines informativos de todas las emisoras de radio, las rotativas de los periódicos y los demás medios de comunicación están en lo mismo: oteando el horizonte para ver cómo se desarrollan las cosas pues amenaza tormenta.
Hace unos días, cuando las revueltas en el mundo musulmán asomaban al primer plano de la actualidad reflexionaba sobre la conveniencia de una revuelta en Occidente. Y parece que mis reflexiones de entonces no estaban muy desencaminadas.
El desencanto de la sociedad va en aumento con una clase dirigente que nos ha expuesto, como mercancía, antes aquellos que han jugado con nuestros intereses mientras nosotros nos flagelábamos entre trabajos de medio pelo o conservando los escasos ahorros que tenemos en cualquier caja o banco más o menos seguro.
Aparentemente este movimiento social tiene su origen en la red, y no pretende manipular las inminentes elecciones, etc. Esto es importante, toda vez que formar parte de una sociedad que ha sido manejada como una marioneta durante bastante tiempo.
Lo que se pretende es una regeneración democrática, una suerte de renacer social donde aquellos llamados a dirigirnos vayan a hacerlo desde otra perspectiva. Tomando en cuenta a la sociedad y no gobernando al margen de ella. La búsqueda de utopías ha acompañado al hombre desde que es hombre. Y también en el aspecto social.
Aspirar a una democracia mejor no sólo supone exigir más sino ser capaces de asumir una cuota de responsabilidad mayor. Implica abandonar prácticas tan maravillosas como evadir impuestos, la economía sumergida, no declarar, intentar pagar menos impuestos… mejorar la sociedad implica necesariamente la asunción de responsabilidades por parte de todos los actores implicados: sociedad y dirigentes. ¿Estamos dispuestos a ello?
Por otro lado, todo proceso democrático lleva su tiempo y revertir un modo de funcionamiento como el nuestro implicará no menos de una década. Estoy de acuerdo con que no podíamos quedarnos de brazos cruzados ante la salvación “sí o sí” de un sistema, el capitalista, que ha fracasado de manera estrepitosa, al menos como lo conocemos. No puede ser la solución la inyección de dinero por parte de la ciudadanía para que los mismos que nos llevaron a la bancarrota sigan gobernando.
Bien es cierto que el cambio debería ser más profundo de lo que se cree; siendo época electoral todo el mundo habla de lo mismo: política, paro, dinero. Mas el cambio más importante sería el cambio en el interior de la sociedad, la búsqueda de unos valores acorde con el mundo que estamos viviendo. Es difícil mantener una misma velocidad en todos los cambios sociales, pero echando la vista atrás uno descubre que los estratos sociales siempre han estado presentes y que a nadie se le ha ocurrido reducir las distancias, más bien al contrario; estas distancias se han acentuado todavía más.
Está claro que un primer paso puede ser manifestar públicamente nuestro descontento con quienes manipulan la realidad de forma tal que vivimos según ellos quieran que lo hagamos.
Las redes sociales se escapan al control de los medios de comunicación, verdadero eje vertebrador de la manipulación que se lleva a cabo desde el poder establecido. Y por ello se trata de movimientos imparables que terminan arrastrando a estos medios. Sí este movimiento social es capaz de provocar en los medios de comunicación una regeneración será posible que se cambie la democracia tal y como la conocemos.
Los grupos de presión son los verdaderos amos del mundo, hasta ahora hemos sido marionetas en sus manos, quizá debamos apuntar hacia ellos y no hacia la clase política solamente. Sin dejar de reflexionar sobre nuestro propio papel actual y el que queremos representar en nuestro propio futuro.
Hace unos días, cuando las revueltas en el mundo musulmán asomaban al primer plano de la actualidad reflexionaba sobre la conveniencia de una revuelta en Occidente. Y parece que mis reflexiones de entonces no estaban muy desencaminadas.
El desencanto de la sociedad va en aumento con una clase dirigente que nos ha expuesto, como mercancía, antes aquellos que han jugado con nuestros intereses mientras nosotros nos flagelábamos entre trabajos de medio pelo o conservando los escasos ahorros que tenemos en cualquier caja o banco más o menos seguro.
Aparentemente este movimiento social tiene su origen en la red, y no pretende manipular las inminentes elecciones, etc. Esto es importante, toda vez que formar parte de una sociedad que ha sido manejada como una marioneta durante bastante tiempo.
Lo que se pretende es una regeneración democrática, una suerte de renacer social donde aquellos llamados a dirigirnos vayan a hacerlo desde otra perspectiva. Tomando en cuenta a la sociedad y no gobernando al margen de ella. La búsqueda de utopías ha acompañado al hombre desde que es hombre. Y también en el aspecto social.
Aspirar a una democracia mejor no sólo supone exigir más sino ser capaces de asumir una cuota de responsabilidad mayor. Implica abandonar prácticas tan maravillosas como evadir impuestos, la economía sumergida, no declarar, intentar pagar menos impuestos… mejorar la sociedad implica necesariamente la asunción de responsabilidades por parte de todos los actores implicados: sociedad y dirigentes. ¿Estamos dispuestos a ello?
Por otro lado, todo proceso democrático lleva su tiempo y revertir un modo de funcionamiento como el nuestro implicará no menos de una década. Estoy de acuerdo con que no podíamos quedarnos de brazos cruzados ante la salvación “sí o sí” de un sistema, el capitalista, que ha fracasado de manera estrepitosa, al menos como lo conocemos. No puede ser la solución la inyección de dinero por parte de la ciudadanía para que los mismos que nos llevaron a la bancarrota sigan gobernando.
Bien es cierto que el cambio debería ser más profundo de lo que se cree; siendo época electoral todo el mundo habla de lo mismo: política, paro, dinero. Mas el cambio más importante sería el cambio en el interior de la sociedad, la búsqueda de unos valores acorde con el mundo que estamos viviendo. Es difícil mantener una misma velocidad en todos los cambios sociales, pero echando la vista atrás uno descubre que los estratos sociales siempre han estado presentes y que a nadie se le ha ocurrido reducir las distancias, más bien al contrario; estas distancias se han acentuado todavía más.
Está claro que un primer paso puede ser manifestar públicamente nuestro descontento con quienes manipulan la realidad de forma tal que vivimos según ellos quieran que lo hagamos.
Las redes sociales se escapan al control de los medios de comunicación, verdadero eje vertebrador de la manipulación que se lleva a cabo desde el poder establecido. Y por ello se trata de movimientos imparables que terminan arrastrando a estos medios. Sí este movimiento social es capaz de provocar en los medios de comunicación una regeneración será posible que se cambie la democracia tal y como la conocemos.
Los grupos de presión son los verdaderos amos del mundo, hasta ahora hemos sido marionetas en sus manos, quizá debamos apuntar hacia ellos y no hacia la clase política solamente. Sin dejar de reflexionar sobre nuestro propio papel actual y el que queremos representar en nuestro propio futuro.
miércoles, 18 de mayo de 2011
AL PRINCIPIO FUE LA ILUSIÓN
Ilusión, esta sensación y no otra, es la verdadera fuerza motor de la vida. Nada más llegar a nuestro pensamiento convierte cualquier utopía en realidad, cualquier atisbo de duda o fracaso en el sueño de una noche de verano.
Para después queda el trabajo, el esfuerzo diario en mantener el ímpetu necesario para alcanzar la gloria esperada.
Sin el comienzo, sin la ilusión del principio casi nada sería posible. Es poco probable que un ser humano haga un esfuerzo denodado por algo que piensa que va a salir mal, salvo que su interior no funcione como debería.
Nuestro músculo más fuerte y resistente, el cerebro, funciona por impulsos eléctricos que son sobrecargados con altas dosis de ilusión.
¿Cabe el fracaso? Claro que cabe, como no va a caber en una realidad como la humana, donde la volatilidad de los sentimientos se manifiesta con la aparición de una nueva ilusión.
Imaginemos una realidad utópica donde nos sintamos maravillosos, donde creamos que la plenitud nos ha llegado, o hemos alcanzado la cima de nuestra existencia. De pronto una ventana se abre a nuestro lado, asomamos la cabeza y una nueva ilusión llena nuestros sentidos; retomaríamos entonces un nuevo principio, comenzaríamos a vivir de nuevo la ilusión de la primera vez…
Para muchas personas este, es un modo de vida, precisan cambiar de estatus, de pareja, de sociedad, de país…la cuestión es volver al principio, regresar al mundo de la ilusión, donde lo improbable se hace plausible, siquiera en nuestra mente.
Las razones para que muchos se suban a este vagón habría que buscarlas en la sobredosis de realidad que afrontamos día a día, a la necesidad que tenemos de ser capaces de catapultarnos desde las profundidades de una vida anodina a una posibilidad de vida intensa, divertida, nueva…una nueva ilusión.
El equilibrio siempre está en ser capaces de discernir una ilusión de una utopía irrealizable, en ser quien de adivinar sobre que roca anclar nuestra vida sin por ello perder la perspectiva de encontrar nuevas ilusiones, tal vez compartidas, con las que disfrutar cada instante.
Al principio fue la ilusión…
Para después queda el trabajo, el esfuerzo diario en mantener el ímpetu necesario para alcanzar la gloria esperada.
Sin el comienzo, sin la ilusión del principio casi nada sería posible. Es poco probable que un ser humano haga un esfuerzo denodado por algo que piensa que va a salir mal, salvo que su interior no funcione como debería.
Nuestro músculo más fuerte y resistente, el cerebro, funciona por impulsos eléctricos que son sobrecargados con altas dosis de ilusión.
¿Cabe el fracaso? Claro que cabe, como no va a caber en una realidad como la humana, donde la volatilidad de los sentimientos se manifiesta con la aparición de una nueva ilusión.
Imaginemos una realidad utópica donde nos sintamos maravillosos, donde creamos que la plenitud nos ha llegado, o hemos alcanzado la cima de nuestra existencia. De pronto una ventana se abre a nuestro lado, asomamos la cabeza y una nueva ilusión llena nuestros sentidos; retomaríamos entonces un nuevo principio, comenzaríamos a vivir de nuevo la ilusión de la primera vez…
Para muchas personas este, es un modo de vida, precisan cambiar de estatus, de pareja, de sociedad, de país…la cuestión es volver al principio, regresar al mundo de la ilusión, donde lo improbable se hace plausible, siquiera en nuestra mente.
Las razones para que muchos se suban a este vagón habría que buscarlas en la sobredosis de realidad que afrontamos día a día, a la necesidad que tenemos de ser capaces de catapultarnos desde las profundidades de una vida anodina a una posibilidad de vida intensa, divertida, nueva…una nueva ilusión.
El equilibrio siempre está en ser capaces de discernir una ilusión de una utopía irrealizable, en ser quien de adivinar sobre que roca anclar nuestra vida sin por ello perder la perspectiva de encontrar nuevas ilusiones, tal vez compartidas, con las que disfrutar cada instante.
Al principio fue la ilusión…
SENTADO EN LA ORILLA
Sentado en la orilla miro al infinito intentando atisbar como será mi futuro, cómo puede ser la vida que me espera. La esperanza de un mañana mejor me permite ver una realidad ilusoria que se sostiene en este único marco, el de la contemplación de un futuro infinito…
Sentado también puedo cerrar los ojos y echar la vista atrás, ser consciente de los errores que he cometido en el pasado y analizarlos con la esperanza de no volver a repetirlos, pues todo esfuerzo por cambiar lo sucedido resulta baldío.
Desde aquí, con los pies en el agua fresca siento la presencia de la naturaleza que me rodea; me dejo llevar por el lugar, por el momento, por el tiempo.
Mas aquí sentado también soy consciente de las limitaciones que tengo, de la ineficacia de mis acciones cuando no estoy convencido de ellas; de la ausencia de sentimientos en aquello que hago contra mi voluntad… tal vez sea la paz que consigo aquí, o quizá que sin ruidos externos la música interior se escucha con mucha más fuerza y nitidez…
Sentado en la orilla…
Sentado también puedo cerrar los ojos y echar la vista atrás, ser consciente de los errores que he cometido en el pasado y analizarlos con la esperanza de no volver a repetirlos, pues todo esfuerzo por cambiar lo sucedido resulta baldío.
Desde aquí, con los pies en el agua fresca siento la presencia de la naturaleza que me rodea; me dejo llevar por el lugar, por el momento, por el tiempo.
Mas aquí sentado también soy consciente de las limitaciones que tengo, de la ineficacia de mis acciones cuando no estoy convencido de ellas; de la ausencia de sentimientos en aquello que hago contra mi voluntad… tal vez sea la paz que consigo aquí, o quizá que sin ruidos externos la música interior se escucha con mucha más fuerza y nitidez…
Sentado en la orilla…
HABLAR MAL DE ALGUIEN – HABLAR BIEN DE ALGUIEN
Escuchando con atención las conversaciones que se suceden a mi alrededor e incluso las mías propias he llegado a la conclusión de que es más habitual escuchar hablar mal de alguien que escuchar hablar bien. Esto me hace pensar que tal vez perdamos demasiado el tiempo y quememos demasiadas energías en dilapidar la imagen de alguien.
Hablar mal es sencillo porque puede hacerse desde la infamia, desde la constatación burda de hechos falseados, o lo que es peor, desde la ignorancia.
Resulta habitual ser partícipe de conversaciones donde alguien sale mal parado, normalmente sin que pueda defenderse por no estar presente, sin que quien hable mal tenga un mínimo de garantías en lo que refiere.
Hablamos por boca de otros, porque “alguien me ha dicho”, lo hacemos desde el prejuicio moral en el que nos establecemos en función de nuestro estrato social, nuestra educación u cualquier otra variable.
Hablar bien de alguien resulta gratificante, algunas veces se hace también de forma hagiográfica, porque manifestamos en nuestras palabras las bondades de otro igual. Lo que implica mucho menos esfuerzo mental. Para encontrar lo bueno de alguien basta con estar atento, con abrir los sentidos a las sensaciones, con eliminar nuestros propios prejuicios y miedos. Se trata de un ejercicio mental saludable, donde ponemos a disposición de otros todas nuestras habilidades comunicativas.
Sin entrar en la adulación absurda, contarle a los demás las características buenas de este o aquel, implica que nuestra manera de entender la vida es positiva y eso ya merece la pena.
Este es un país donde se premia la difamación, donde la no constatación de los hechos se ha convertido en noticia. Un país donde periodistas como Pedro J. han implantado un: “tu di lo que quieras que ya lo desmentirán”… y así nos va…
Hablar mal es sencillo porque puede hacerse desde la infamia, desde la constatación burda de hechos falseados, o lo que es peor, desde la ignorancia.
Resulta habitual ser partícipe de conversaciones donde alguien sale mal parado, normalmente sin que pueda defenderse por no estar presente, sin que quien hable mal tenga un mínimo de garantías en lo que refiere.
Hablamos por boca de otros, porque “alguien me ha dicho”, lo hacemos desde el prejuicio moral en el que nos establecemos en función de nuestro estrato social, nuestra educación u cualquier otra variable.
Hablar bien de alguien resulta gratificante, algunas veces se hace también de forma hagiográfica, porque manifestamos en nuestras palabras las bondades de otro igual. Lo que implica mucho menos esfuerzo mental. Para encontrar lo bueno de alguien basta con estar atento, con abrir los sentidos a las sensaciones, con eliminar nuestros propios prejuicios y miedos. Se trata de un ejercicio mental saludable, donde ponemos a disposición de otros todas nuestras habilidades comunicativas.
Sin entrar en la adulación absurda, contarle a los demás las características buenas de este o aquel, implica que nuestra manera de entender la vida es positiva y eso ya merece la pena.
Este es un país donde se premia la difamación, donde la no constatación de los hechos se ha convertido en noticia. Un país donde periodistas como Pedro J. han implantado un: “tu di lo que quieras que ya lo desmentirán”… y así nos va…
NOTAS SIN DAR – CARTAS SIN ENVIAR
Quien no ha escrito alguna vez una nota, una carta, con la firme intención de entregársela al destinatario de nuestras diatribas y al final…nada; una nota en el fondo de un escritorio, un sobre cerrado en el cajón…
Palabras que se quedan sin decir, sentimientos que dejan de mostrarse, sensaciones que no explicamos, deseos a medio camino…
Para muchos, como para mí, escribir es una de las mejores armas para plasmar aquello que sentimos, que pretendemos decir, que queremos decir y que, en ocasiones, incluso decimos. Escribir sirve como terapia para dejar patente un estado mental y personal, para reivindicar una situación concreta…también para hacer de una manera sosegada lo que, quizá, no seamos capaces de hacer en una conversación cara a cara.
La cuestión es determinar por qué motivos notas o cartas no llegan donde pretendíamos cuando comenzamos a escribirlas; quizá la razón haya que buscarla en un cambio de opinión, en la oportunidad de hacerlo, en el momento temporal…en nuestro interior.
Con el paso de los años, el hallazgo de cartas y notas no enviadas sirve como reflejo de una personalidad, muestran una parte de la persona que somos o fuimos, son retales de nuestra vida que un día dejamos sobre un papel….
Palabras que se quedan sin decir, sentimientos que dejan de mostrarse, sensaciones que no explicamos, deseos a medio camino…
Para muchos, como para mí, escribir es una de las mejores armas para plasmar aquello que sentimos, que pretendemos decir, que queremos decir y que, en ocasiones, incluso decimos. Escribir sirve como terapia para dejar patente un estado mental y personal, para reivindicar una situación concreta…también para hacer de una manera sosegada lo que, quizá, no seamos capaces de hacer en una conversación cara a cara.
La cuestión es determinar por qué motivos notas o cartas no llegan donde pretendíamos cuando comenzamos a escribirlas; quizá la razón haya que buscarla en un cambio de opinión, en la oportunidad de hacerlo, en el momento temporal…en nuestro interior.
Con el paso de los años, el hallazgo de cartas y notas no enviadas sirve como reflejo de una personalidad, muestran una parte de la persona que somos o fuimos, son retales de nuestra vida que un día dejamos sobre un papel….
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